Usted no nos podía fallar compañero Fidel Castro. Cuando lo vimos el miércoles pasado, en el aeropuerto José Martí, erguido y vital, duro como un roble, enseguida nos dimos cuenta de que seguí siendo el mismo del Escambray. Que iba a hablar y decir, frente a ese hombrecito temblequeante, encorvado y de lastimero aspecto, las palabras que todos los habitantes del Tercer Mundo estaban esperando. Igual que hace casi cuarenta años, cuando bajó de la Sierra Maestra con Raúl, Camilo y el Che, montado en un corcel de sueños, dispuesto a hacerlos realidad. Como aquella vez que le demostró al mundo que la Revolución era (y es) posible, provocando una espectacular estampida de ricachones, oligarcas y burgueses de todo pelaje, que en algún momento llegaron a creer que vuestra lucha sólo se trataba de un recambio, en el que ellos seguirían medrando como siempre.
Esta vez volvió a cantarles las cuarenta, comandante, y nada menos que a través de todos los televisores del planeta. Para que se enteren los opresores, esos a los que usted tan bien ha definido como corruptos, represores, expoliadores, representantes de una casta que acumula sus riquezas en base a al exterminio y el etnocidio de pueblos enteros. Allí, como debe ser, metió en la misma bolsa desde los conquistadores europeos hasta los actuales criminales de traje impecable y corbata de seda.
Pero, indudablemente, su mensaje también buscó el oído de los oprimidos, quienes tanto necesitan de un aliento para seguir resistiendo contra viento y marea. Su voz, esta vez resonó con fuerza en cada rincón de este miserable mundo donde el dolor y la humillación son moneda de uso diario. Por eso no nos extraña que lo hayn escuchado, agradecidos, los humildes indígenas de las selvas peruanas, aquellos que se enfrentan a los paramilitares en Colombia, los que tratan de eludir diariamente las balas de las "guardias blancas" de los finqueros en Chiapas, en Guerrero y en Oaxaca. Los cocaleros de Bolivia que luchan contra Banzer y la DEA norteamericana, los fogoneros del sur argentino que levantan barricadas de fuego contra la prepotencia neoliberal de Menem, o la indoblegables Madres de Plaza de Mayo que exigen justicia para sus 30.000 pichones. Lo escucharon con atención, comandante, los rebeldes campesinos sin tierra de Brasil y Paraguay, los miles de indios de la Amazonia que tratan de impedir que los "garimpeiros" arrasen sus poblados, los prisioneros políticos de Puerto Rico que pagan en las cárceles yanquis con cadena perpetua sus ansias independentistas. Y también, su voz se coló entre los muros de la dispersión para alentar jubilosamente a nuestros queridos 600 hermanos vascos y a este pueblo tan irredento como el suyo.
Usted no tuvo pelos en la lengua, no utilizó fórmulas diplomáticas engoladas y mentirosas, no recurrió a los tics de todos esos esperpentos que gobiernan el planeta. Sabía, como siempre, que lo más importante era defender la dignidad de su propia gente, y desde el orgullo de ser revolucionario cubano le contó a su visitante -quine a la vez es cómplice de todas las barbaridades que usted denuncia- que en la Isla no iba a encontrar ninguna de esas lacras. Ni niños con hambre, ni desocupados destruídos por la desesperación, ni racismo, ni xenofobia, ni colegios deshabitados, ni carencia de hospitales. Simplemente, porque para eso se hizo una Revolución y no una pantomima de ella.
Gracias, querido comandante, por no ceder ni un paso a pesar de que la situación que vive Cuba podría haberle obligado -y lo hubiéramos comprendido- a tomar otro rumbo. Pero como usted bien dice, no se trata de levantar banderas oportunistas sino de decir lo que realmente ocurre con esta humanidad que camina peligrosamente hacia su propio holocausto. Contar a quien quiera oírlo -son muchos, no lo dude-, que frente a este oscuro panorama, el socialismo sigue siendo la única defensa de los oprimidos frente al brutal aqtaque de la voracidad capitalista. Esto es lo que sus enemigos no digieren. De allí que buena intoxicación han tenido que coger, al escucharlo, los gusanos de Miami, los mandamases del Pentágono, los miles de plumíferos que viajaron a Cuba para mostrar "lo mal que vive ese pueblo", y hasta esos izquierdistas de salón que le acusan de venderse al reformismo.
Le entendimos el mensaje, comandante. Para conseguir que se levante el cerco económico más cruel que puede imaginar país alguno, no era necesario negociar la coherente rebeldía del pueblo cubano. Con su discurso, le ha mostrado al mundo que no hay restricción posible que pueda con las ideas y principios de una Revolución cuando ésta es auténtica. ¡Qué duda cabe, que con ese ejemplo el bloqueo tiene sus días contados!
Carlos Aznárez